Por fin dormí confortablemente. Ese perro ya era una gran molestia, aunque el vecino no lo creyera así. Antier vino con ojos de cascada a preguntar si acaso había visto algo. Lo negué como si fuera una pregunta cualquiera. Después de la pregunta, lo clásico: Era un muy buen perro. No entiendo quién podría hacer algo así. Quien sea que haya sido debería sufrir lo mismo...
"Ya cállate", pensaba. Me arrepentí de matar al perro sólo porque me entretuvo una hora hablando de su difunto (que bien merecido lo tenía). No sé qué era más molesto: no poder dormir por los ladridos de aquella bestia o escuchar en un eterno momento al enfadoso vecino. Yo sólo asentía con la cabeza y, después de un largo rato de abrumador discurso, empecé a pensar en matarlo a él.
¿Tú crees que lo maté ahí mismo? Antes de que pudiera tomar una decisión dijo adiós y se fue. Regresé a mis labores; actuaba pero pensaba completamente en otra cosa. Me invadió la necesidad de matar. Lo que sobró de la tarde me dediqué a pasear entre las segundas de la ciudad y encontré un cuchillo algo viejo, con suficientes huellas digitales como para confundir a la policía. Me puse guantes de látex, tomé el cuchillo y regresé a casa. Lo pensé y no cambié de decisión. Afortunadamente, hubo una fiesta en el parque del barrio y todos estaban ahí. Excepto el vecino. La puerta estaba abierta y entré silenciosamente. Él estaba en el patio trasero, lloriqueando. Yo tenía los guantes y el cuchillo en mano. Lo llamé y brincó de un susto, preguntando sobre qué hacía en su casa. Le dije que sabía quién había matado a su perro, pero no me contestó. Supuse que en ese momento tenía cosas más importantes en las qué pensar que en su estúpido perro. Me le acerqué con completas intenciones de matarlo, pero en ese momento ocurrió algo muy gracioso. La tensión de la situación fue muy fuerte para él y se infartó. Creo que no tenía más de 60 años.
No pudo ser mejor, así ni siquiera me ensucio las manos. Comprobé que de verdad estuviera muerto y salí tranquilamente de su casa para llegar a la mía. Me hice un chocolate caliente y me senté frente al televisor a escuchar las noticias. Todo marcha muy bien ahora.
"Ya cállate", pensaba. Me arrepentí de matar al perro sólo porque me entretuvo una hora hablando de su difunto (que bien merecido lo tenía). No sé qué era más molesto: no poder dormir por los ladridos de aquella bestia o escuchar en un eterno momento al enfadoso vecino. Yo sólo asentía con la cabeza y, después de un largo rato de abrumador discurso, empecé a pensar en matarlo a él.
¿Tú crees que lo maté ahí mismo? Antes de que pudiera tomar una decisión dijo adiós y se fue. Regresé a mis labores; actuaba pero pensaba completamente en otra cosa. Me invadió la necesidad de matar. Lo que sobró de la tarde me dediqué a pasear entre las segundas de la ciudad y encontré un cuchillo algo viejo, con suficientes huellas digitales como para confundir a la policía. Me puse guantes de látex, tomé el cuchillo y regresé a casa. Lo pensé y no cambié de decisión. Afortunadamente, hubo una fiesta en el parque del barrio y todos estaban ahí. Excepto el vecino. La puerta estaba abierta y entré silenciosamente. Él estaba en el patio trasero, lloriqueando. Yo tenía los guantes y el cuchillo en mano. Lo llamé y brincó de un susto, preguntando sobre qué hacía en su casa. Le dije que sabía quién había matado a su perro, pero no me contestó. Supuse que en ese momento tenía cosas más importantes en las qué pensar que en su estúpido perro. Me le acerqué con completas intenciones de matarlo, pero en ese momento ocurrió algo muy gracioso. La tensión de la situación fue muy fuerte para él y se infartó. Creo que no tenía más de 60 años.
No pudo ser mejor, así ni siquiera me ensucio las manos. Comprobé que de verdad estuviera muerto y salí tranquilamente de su casa para llegar a la mía. Me hice un chocolate caliente y me senté frente al televisor a escuchar las noticias. Todo marcha muy bien ahora.