Lo que me inspira a matar, aparte de ver la reacción de las víctimas ante la muerte, es que tú leas lo que escribo. En cuanto a mí, ¿qué puedo decir? Podría ser cualquiera; tu vecino, tu compañero de trabajo, de estudios... Quizá he pasado frente a ti caminando con amigos como una persona muy normal. ¿Has pensado en que cualquier persona que consideres normal, amigo, conocido... puede ser un asesino? En fin, no es que quiera causar paranoia a mis lectores; mis queridos lectores. Esto que hago es arte, la escritura es un arte. Todos buscan inspiración, yo la encuentro asesinando. Dime, ¿alguna vez te habías sentido incómodo porque alguien te pidiera que fueras su inspiración?

viernes, 4 de diciembre de 2009

¿Época de felicidad?


Todos dicen que diciembre es una época de bondad y felicidad. Basta con salir en auto para averiguarlo.
Tranquilamente salí, como siempre lo hago, a comprar la comida y un poco de ropa. A los 3 minutos que tenía manejando me encontré con un tráfico enorme. Vaya sorpresa con la que me topé: Un imbécil hablando por teléfono en su auto estacionado ocupando un carril de la carretera. Si tuviera una pistola con silenciador lo hubiera matado ahí mismo, desde mi carro. Pero como no fue así, tuve que aguantarme las ganas.
Fui al súpermercado y compré las cosas para comer, volví a mi auto, metí la comida y me dirigí a una tienda de ropa a ver qué había de ropa. Estaba muy lleno, la gente agobiaba y estaba desquiciada, no soporté mucho tiempo y ya me iba cuando me llamó la atención un abrigo, era el único que quedaba y yo lo quería ver. Me acerqué y un imbécil chocó conmigo casi empujándome y tomó el abrigo.
Entonces sí que me molesté. Yo sólo quería ver el abrigo, ni siquiera lo iba a comprar, además, uno no espera a ser tratado de esa manera tan repugante.
Lo vi entrar a un probador. Tomé un gancho para la ropa y lo extendí de la parte de donde se cuelga. Me dirigí a donde se encontraba. Abrí lentamente la puertilla, estaba probándose unos zapatos. Entré y cerré rápido la puertilla, apenas abrió la boca le encajé el gancho en el corazón, "Ahí lo tienes, ¿te gusta el abrigo? ¿crees que valió la pena? Mírate, por una idiotez perdiste más que eso.", le dije.
Ahí mismo donde lo maté, lo dejé. Pensé en llevarme el abrigo, pero mi sentido común me decía que debía salir de ahí.
No me descubrirán, aquí se mata gente a diario. En fin, al llegar a casa me preparé de comer y me senté al televisor. Terminé rendido y eché una siesta.